Mentiras Antes De Desayunar
mentira: acción y efecto de decir algo diferente a la verdad. antes: que denota prioridad o que indica preferencia. de: preposición que denota presedencia. desayunar: acción de consumir comida tomada comúnmente en la mañana.
22 de diciembre de 2010
Sala de espera
Máximo no entiende el mecanismo de las salas de espera, y ya empezó a quejarse. Ojalá supiera usar las palabras y así yo sabría exáctamente a qué se refiere con tanto gemido y gimoteo. Pero no sé si es su tiempo en vida o el chupete apretado entre sus labios lo que le impide comunicarse. Sea como sea, satisface mi demanda y comprendo que ya no quiere estar acá, por más que lo necesite, por más que haga falta. Pero lo entiendo, la verdad es que yo tampoco quiero estar acá. Y es que Máximo ya recorrió toda la sala, de punta a punta, corriendo y sonriendo váyase a saber por qué. Yo también anduve esta sala, y nada me hizo me hizo cambiar la expresión automática e inerte que cargo en mi cara desde los trece años. Pero hoy, lo que más quiero es ponerme a revolear revistas viejas al aire con Máximo, esconderme detrás de las dos plantas que hay y jugar a la escondida más fácil que existe, y ayudarlo a treparse a las sillas desocupadas, y que después él estire su manito y me ayude a subir junto a él. Pero no pasa nada de eso y Máximo está aburrido, es obvio, pocas cosas deben ser más aburridas que una sala de espera.
adentro y afuera
Le encanta dormirse escuchando idiomas que no entiende. Así que se recuesta a ver televisión en el sillón del living, y cuando nota que los ojos se le van cerrando involuntariamente, pone el canal de cine europeo y se duerme con “une pure formalité” de fondo, o con “amore e rabbia”, o quizás con alguna película de Bergman. Entonces, a veces, sólo a veces, sueña en blanco y negro, o con puentes vieneses y tranvías parisinos, o con playas en el mediterraneo. Con los ojos cerrados y el fondo aún negro, escucha “le vent s’engouffrait comme par magique sous une nappe” y se acomoda cruzando los brazos sobre el pecho y juntando las piernas en posición fetal para sonreir sin darse cuenta. Si entonces el sueño empieza, no sabe afirmarlo. El sueño es cuando ya se terminó, durante, es nada más que un momento, una imagen fija tras otra. Veinticuatro fotogramas por segundo, como en un rollo cinematográfico. Así siente que camina por una calle que no conoce, siente que cree que va a empezar a llover, siente que se cruza con un hombre de extrañas facciones que le dice “yo me tomo el sesenta cada vez que quiero ir a visitarte”. Se sube a un moto y recorre un camino de ripio todo encerrado por árboles y rayos de sol. Se corta las uñas de los pies con un serrucho. Se divierte como nunca jugando al elástico. Etcéteras. Escucha “il mondo è túo e io sono vecchio”. Pero no se despierta del todo, sigue. Sensata no es, no puede. Razonar ni se le ocurre. Recordar, sólo si tiene suerte. Feliz no se siente del todo. Dormida no se sabe. Ahí vive ahora, en ella, en lo que está dentro de ella. Sin deseos, sin represiones, sin miedos ni condimentos freudianos. Sueña. Sueña. Se come una tostada con mermelada junto a sus amigos de la infancia. Se peina el pelo que es de otro color. Vuela sobre una ciudad prendida fuego. Se cae pero no se levanta. Sueña-que-te-sueña-que-te-sueña-cómo-sueña. No lo sabe, pero se acomoda en el sillón, se rasca el cachete izquierdo y se da vuelta dándole la espalda al telvisor que muestra a Berlín bajo la lluvia. Ella no es. Ahora no es. Ni adentro ni afuera. De un lado grita, del otro respira lento, de un lado persigue un tren de infinitos vagones, del otro se rasca el tobillo derecho con el dedo gordo del pie izquierdo. Y no es. No puede estar en dos lugares a la vez. Y no está en ninguno, no es. Cuando el sueño termine, será. Recobrará su ser en su despertar y se perderá de lo que hizo si no lo supo recordar. El televisor sigue encendido, ella ve el reflejo de la luz de éste titilando contra el respaldo del sillón. Gira y escucha a un hombre decir “auf wiedersehen”.
22
El contacto. El capítulo. El cronopio. El cuento que no cuenta una historia. La isla borgeana que es un mundo entero. El que me lee y no me entiende. Para que lo otro exista uno debe estirar la mano y establecer un contacto. Sino lo otro no existe, no es. La primera y última coma. Y que no importa para nada que así sea. El blanco. Lo que se omite al escribir cuando se cree que todo está perfectamente dicho. Las imágenes que el lector nunca observa. Lo que el escritor no sabe contar. El diccionario de situaciones. El diccionario girondo-español. El contacto. El afuera. Lo otro. La chica triste. El gato suicida. La filosofía barata y la psicología de café. Lo repetido. El fatalismo. No creer en Dios. No creer en el amor eterno. Y saberse un ser mortal. Entonces el obvio fatalismo consecuente. El punto y aparte. El párrafo. Los puntos suspensivos (fatalistas) que se escriben antes de recortarse en la silla y pensar qué es lo que sigue. El blanco que reaparece. La desidía y el cigarrillo que le sigue. La canción salvadora. El poema. El contacto. El capítulo número veintidos. Julio. Lo que el escritor no escribe y nunca llega a tocar. El contacto incompleto. El deseo. El capítulo número veintidos.
Una noche, una ella hizo una pregunta perfecta, adecuada. Y a esa pregunta un yo ya tenía una respuesta planeada de antemano. Era una respuesta que podía aplicarse a decenas de preguntas. Era una respuesta que buscaba ser dada. Por eso un yo la pensó tanto, por eso mismo la decoró y elaboró tan lógico-romanticamente. Fuese lo que fuese lo que se le preguntara, ese yo podría servir esa respuesta sobre la mesa y sería suficiente. Hubiera sido suficiente. He aquí su respuesta a la pregunta de una ella.
- Tengo tres formas de responderte esa pregunta. Vos sabrás qué opción elegir. La primera es mediante la palabra. Es un método un tanto aburrido y poco interesante, pero definitivamente efectivo. La segunda opción consiste en que te responda telepáticamente. Sabé que soy un gran comunicador mental, pero claro, existe el riesgo de que vos no seas una buena receptora y mi respuesta no llegue completa o exacta. Y la última opción, que es mi preferida, es mediante un beso.
Esa era su respuesta. Esa es su respuesta. Una respuesta programada y diseñada después de haber leído aquel capítulo número veintidos. ¿Por qué entonces semejante y tan elaborada respuesta? Si no hubo ninguna mano estirándose. ¡Si la respuesta ni siquiera fue dada! ¡Ni en manos ni en palabras! No hubo otredad, no hubo afuera. Ya ni siquiera hubo o quedó una historia por contar. ¿Quién se atrevería a contar que una pregunta fue hecha y que la respuesta justa y especificamente armada no se entregó?
El no contacto. La no respuesta. La misma intocable y lejanísima otredad. El desapercibimiento. La falsa sonrisa. El feo miedo. El capítulo número veintidos que podría haber sido. Que nunca fue. El lector que no me entiende cuando escribo. El escritor que escribe cuando no se quiere dar a entender. El texto inconcluso que no llega a ser. El contacto. La otredad. Lo otro. El que se queda sin palabras. El que se queda sin manos.
Ayuda: si lo de más arriba no alcanza, leasé el capítulo 22 de Rayuela.
Atte.
Quien escribe
Una noche, una ella hizo una pregunta perfecta, adecuada. Y a esa pregunta un yo ya tenía una respuesta planeada de antemano. Era una respuesta que podía aplicarse a decenas de preguntas. Era una respuesta que buscaba ser dada. Por eso un yo la pensó tanto, por eso mismo la decoró y elaboró tan lógico-romanticamente. Fuese lo que fuese lo que se le preguntara, ese yo podría servir esa respuesta sobre la mesa y sería suficiente. Hubiera sido suficiente. He aquí su respuesta a la pregunta de una ella.
- Tengo tres formas de responderte esa pregunta. Vos sabrás qué opción elegir. La primera es mediante la palabra. Es un método un tanto aburrido y poco interesante, pero definitivamente efectivo. La segunda opción consiste en que te responda telepáticamente. Sabé que soy un gran comunicador mental, pero claro, existe el riesgo de que vos no seas una buena receptora y mi respuesta no llegue completa o exacta. Y la última opción, que es mi preferida, es mediante un beso.
Esa era su respuesta. Esa es su respuesta. Una respuesta programada y diseñada después de haber leído aquel capítulo número veintidos. ¿Por qué entonces semejante y tan elaborada respuesta? Si no hubo ninguna mano estirándose. ¡Si la respuesta ni siquiera fue dada! ¡Ni en manos ni en palabras! No hubo otredad, no hubo afuera. Ya ni siquiera hubo o quedó una historia por contar. ¿Quién se atrevería a contar que una pregunta fue hecha y que la respuesta justa y especificamente armada no se entregó?
El no contacto. La no respuesta. La misma intocable y lejanísima otredad. El desapercibimiento. La falsa sonrisa. El feo miedo. El capítulo número veintidos que podría haber sido. Que nunca fue. El lector que no me entiende cuando escribo. El escritor que escribe cuando no se quiere dar a entender. El texto inconcluso que no llega a ser. El contacto. La otredad. Lo otro. El que se queda sin palabras. El que se queda sin manos.
Ayuda: si lo de más arriba no alcanza, leasé el capítulo 22 de Rayuela.
Atte.
Quien escribe
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